domingo, 5 de febrero de 2012

Autobiografía


Luz Adriana Rodríguez Talonia
(Noviembre 1990 - )
Nací en el hospital ISSEMyM de Cuautitlán Izcalli. Mis padres habían planeado mi nacimiento desde un año antes, así que no fui una sorpresa.
Viví en Apaxco, Edo de Mex. Durante dieciséis años, en donde realicé mis estudios de kínder, primaria y secundaria. Durante estos tres niveles, existió una mezcla de escuelas públicas y privadas, no obstante, siempre dominó la escuela privada.
La mitad de la escuela primaria y aproximadamente toda la secundaria la estudié en un colegio religioso, por lo que estoy acostumbrada a obedecer normas rígidas y a pretender escuchar reprimendas.
Respecto a la materia de Geografía, recuerdo perfectamente las clases de primaria — tediosas, aburridas hasta la muerte —. Coloreando mapas, haciendo maquetas, memorizando los países, estados de la república y sus respectivas capitales, nombres de volcanes, ríos, mares, placas tectónicas, continentes, planetas, etc. Todo esto, sólo para complacer a la maestra. Empero, la Geografía durante la secundaria trasmutó mágicamente en algo divertido, asombroso e impresionante. Recuerdo los largos ratos de lectura, por supuesto, eran algo inevitable. Pero fue gracias al maestro tan apasionado a la Geografía, que me ha comenzado a gustar. Los temas los hacía pasar por historias magníficas, en las que siempre que terminaba la clase, todos quedábamos insatisfechos respecto a los conocimientos que nos proporcionaba. Recuerdo estar siempre ávida por más información. Fue en este punto de mi vida que resolví muchos de los grandes misterios que merodeaban en mi cabeza sobre el planeta Tierra. Uno en especial fue el por qué existen diversos climas dependiendo de la región.
Al terminar la secundaria ingresé a una preparatoria privada anexa a la UNAM, sin embargo opté por dejarla, pues la escuela contaba con un sistema complicado al cual me fue imposible adaptarme, eso sin contar las largas horas que debía viajar para llegar a la institución junto con otros inconvenientes.
Aquel año lo pasé trabajando de mesera por las mañanas y de niñera por las tardes.
Aunque los últimos meses estuve haciendo servicio social en la secundaria donde trabaja mi madre. Fueron experiencias nuevas, leí muchos libros del rincón, di clases a los alumnos de secundaria, organicé la biblioteca escolar, ayudé a preparar incontables honores a la bandera… cosas que jamás hice durante mi estadía en la secundaria.
En el 2007, mi familia y yo nos mudamos a Zumpango, Edo de Mex, que es actualmente donde resido. Después ingresé a una preparatoria privada general en la que me desarrollé completamente. Hice nuevos amigos, levanté mi promedio del suelo e incluso me convertí en la guía del grupo; al final, escribí el discurso de estuante a la escuela y lo leí ante el público durante la ceremonia de graduación, me conmemoraron como la estudiante de excelencia otorgándome una medalla…
Durante el transcurso de este nivel, la geografía pasó a un segundo plano. A nadie le importaba ya que la impartía la maestra más odiada de la escuela, convirtiendo la materia en una espera interminable por el receso. Sin embargo, siempre discutía con la maestra sobre los temas, haciendo que las clases fueran más llevaderas para mis compañeros.
Desde que tengo memoria, siempre quise ser maestra, sin embargo, durante la preparatoria surgieron nuevas vocaciones… quería ser psicóloga o escritora; durante algunos años, estas ideas recorrieron mis pensamientos. Más no contaba con la intervención de mi abuela materna, que en una plática me sugirió:
Tienes que ser maestra — dijo mirándome a los ojos, con el control remoto en la mano y apuntándome con él.
¿Acaso pensaba que podía cambiar mis pensamientos con el control remoto? Esa era una orden. Sin embargo, con ésa sola declaración, me di cuenta de lo que estaba dejando ir: mi verdadera vocación es ser maestra de primaria. Siempre había querido ser maestra. Ése día, recordé mi pasión por la enseñanza; añoraba ver ése brillo en los ojos de alguien cuando ha aprendido algo verdaderamente significativo. Simplemente estaba ansiosa de esa expresión facial.
Aunque debo dejar muy claro, que ésta idea no apareció como un juego en el cual imitara a mis padres — pues ellos son maestros —, sino ayudar a todos los que pidieran ayuda. Ya había resuelto no ser doctora o algo parecido, pues me dan pánico las heridas. No obstante, cuando solucioné de último momento mi futuro, me di cuenta de las ventajas de la profesión: las vacaciones, el seguro, la seguridad de los pagos, incapacidad, ¡El trascender en la vida de miles de alumnos que tendré!…
Una vez clarificado lo anterior, lo siguiente fue entrar a la Normal.
Asunto sencillo; mis padres — al ser maestros sindicalizados —, abogaron por mí para que la escuela me considerara y así, el sindicato — no tengo claro cómo — me ayudó a entrar a la Normal.
Realmente jamás creí necesitar su ayuda, ya que mi promedio de la preparatoria fue de nueve punto uno. El examen de admisión me resultó sencillo.
Por supuesto, la Normal siempre fue mi primera opción, después, y sólo después estaba el IPN, en el cual también fui aceptada.
Sin embargo, allí se secó mi pozo de felicidad y comenzó la culpa… ¿Por qué yo podía tomar el camino fácil? Porque yo tengo ventaja sobre los demás… ¿Me lo merezco? No soy tan lista. No me gustaría aprovecharme de la situación. ¿Y si lo hecho a perder? Entonces le habré quitado un lugar a alguien que realmente quiere ser maestro, alguien que sin duda daría lo mejor de sí.
En aquel momento una discusión interna se dio durante casi una semana. Podría decirse que fue más un monólogo.
Al final una opción ganó. Iría al IPN a estudiar, pues nadie me había ayudado a entrar. Lo había logrado con mi propio esfuerzo.
Mi resolución era inamovible. Nadie me convencería de ir a la Normal.
No recuerdo que argumento desplazó aquella decisión. Únicamente recuerdo mi resolución por estudiar la escuela en la que estudiaron muchos de mis familiares; de ése modo me demostraría a mí misma que verdaderamente podía ser la maestra que siempre había querido ser. Llegar a serlo sin pedir ayuda como siempre, llegar hasta donde pudiera y sentirme orgullosa de eso.
Al entrar a la escuela, encontré personas parecidas a mí. Aquellas personas se convirtieron en amigas… jamás había tenido tantas amigas. Mis círculos nunca habían sido mayores a tres personas. Ciertamente fue un cambio agradable, ahora mi pequeño mundo se ha expandido de manera impresionante. Mi mundo creció a veintiséis personas…
Sin embargo, no todo fue alegría y felicidad, la Normal es exigente. Mis capacidades apenas logran manejar el compromiso que significa la escuela. Cosa que se vio reflejada en el segundo semestre, en el cual reprobé dos materias, salvándolas haciendo los exámenes extraordinarios.
Hoy, curso el cuarto semestre de la licenciatura en educación primaria. No me arrepiento, estoy teniendo la mejor época de mi vida.