Luz Adriana
Rodríguez Talonia
(Noviembre 1990 - )
Nací en el hospital ISSEMyM de
Cuautitlán Izcalli. Mis padres habían planeado mi nacimiento desde un año
antes, así que no fui una sorpresa.
Viví en Apaxco, Edo de Mex. Durante
dieciséis años, en donde realicé mis estudios de kínder, primaria y secundaria.
Durante estos tres niveles, existió una mezcla de escuelas públicas y privadas,
no obstante, siempre dominó la escuela privada.
La mitad de la escuela primaria y
aproximadamente toda la secundaria la estudié en un colegio religioso, por lo
que estoy acostumbrada a obedecer normas rígidas y a pretender escuchar
reprimendas.
Respecto a la materia de Geografía,
recuerdo perfectamente las clases de primaria — tediosas, aburridas hasta la muerte —.
Coloreando mapas, haciendo maquetas, memorizando los países, estados de la
república y sus respectivas capitales, nombres de volcanes, ríos, mares, placas
tectónicas, continentes, planetas, etc. Todo esto, sólo para complacer a la
maestra. Empero, la Geografía durante la secundaria trasmutó mágicamente en
algo divertido, asombroso e impresionante. Recuerdo los largos ratos de
lectura, por supuesto, eran algo inevitable. Pero fue gracias al maestro tan
apasionado a la Geografía, que me ha comenzado a gustar. Los temas los hacía
pasar por historias magníficas, en las que siempre que terminaba la clase,
todos quedábamos insatisfechos respecto a los conocimientos que nos
proporcionaba. Recuerdo estar siempre ávida por más información. Fue en este
punto de mi vida que resolví muchos de los grandes misterios que merodeaban en
mi cabeza sobre el planeta Tierra. Uno en especial fue el por qué existen
diversos climas dependiendo de la región.
Al terminar la secundaria ingresé a
una preparatoria privada anexa a la UNAM, sin embargo opté por dejarla, pues la
escuela contaba con un sistema complicado al cual me fue imposible adaptarme,
eso sin contar las largas horas que debía viajar para llegar a la institución
junto con otros inconvenientes.
Aquel año lo pasé trabajando de
mesera por las mañanas y de niñera por las tardes.
Aunque los últimos meses estuve
haciendo servicio social en la secundaria donde trabaja mi madre. Fueron
experiencias nuevas, leí muchos libros del rincón, di clases a los alumnos de
secundaria, organicé la biblioteca escolar, ayudé a preparar incontables
honores a la bandera… cosas que jamás hice durante mi estadía en la secundaria.
En el 2007, mi familia y yo nos mudamos
a Zumpango, Edo de Mex, que es actualmente donde resido. Después ingresé a una
preparatoria privada general en la que me desarrollé completamente. Hice nuevos
amigos, levanté mi promedio del suelo e incluso me convertí en la guía del
grupo; al final, escribí el discurso de estuante a la escuela y lo leí ante el
público durante la ceremonia de graduación, me conmemoraron como la estudiante
de excelencia otorgándome una medalla…
Durante el transcurso de este
nivel, la geografía pasó a un segundo plano. A nadie le importaba ya que la
impartía la maestra más odiada de la escuela, convirtiendo la materia en una espera
interminable por el receso. Sin embargo, siempre discutía con la maestra sobre
los temas, haciendo que las clases fueran más llevaderas para mis compañeros.
Desde que tengo memoria, siempre
quise ser maestra, sin embargo, durante la preparatoria surgieron nuevas
vocaciones… quería ser psicóloga o escritora; durante algunos años, estas ideas
recorrieron mis pensamientos. Más no contaba con la intervención de mi abuela
materna, que en una plática me sugirió:
— Tienes
que ser maestra — dijo mirándome a los ojos, con el control remoto en la
mano y apuntándome con él.
¿Acaso pensaba que podía cambiar mis
pensamientos con el control remoto? Esa era una orden. Sin embargo, con ésa sola declaración, me di cuenta de lo que
estaba dejando ir: mi verdadera vocación es ser maestra de primaria. Siempre
había querido ser maestra. Ése día, recordé mi pasión por la enseñanza; añoraba
ver ése brillo en los ojos de alguien cuando ha aprendido algo verdaderamente
significativo. Simplemente estaba ansiosa de esa expresión facial.
Aunque debo dejar muy claro, que ésta
idea no apareció como un juego en el cual imitara a mis padres — pues ellos son
maestros —, sino ayudar a todos los que pidieran ayuda. Ya había resuelto no
ser doctora o algo parecido, pues me dan pánico las heridas. No obstante,
cuando solucioné de último momento mi futuro, me di cuenta de las ventajas de
la profesión: las vacaciones, el seguro, la seguridad de los pagos,
incapacidad, ¡El trascender en la vida de miles de alumnos que tendré!…
Una vez clarificado lo anterior, lo
siguiente fue entrar a la Normal.
Asunto sencillo; mis padres — al ser
maestros sindicalizados —, abogaron por mí para que la escuela me considerara y
así, el sindicato — no tengo claro cómo — me ayudó a entrar a la Normal.
Realmente jamás creí necesitar su
ayuda, ya que mi promedio de la preparatoria fue de nueve punto uno. El examen
de admisión me resultó sencillo.
Por supuesto, la Normal siempre fue mi
primera opción, después, y sólo después estaba el IPN, en el cual también fui
aceptada.
Sin embargo, allí se secó mi pozo de
felicidad y comenzó la culpa… ¿Por qué yo podía tomar el camino fácil? Porque
yo tengo ventaja sobre los demás… ¿Me lo merezco? No soy tan lista. No me
gustaría aprovecharme de la situación. ¿Y si lo hecho a perder? Entonces le
habré quitado un lugar a alguien que realmente quiere ser maestro, alguien que sin
duda daría lo mejor de sí.
En aquel momento una discusión interna
se dio durante casi una semana. Podría decirse que fue más un monólogo.
Al final una opción ganó. Iría al IPN
a estudiar, pues nadie me había ayudado a entrar. Lo había logrado con mi
propio esfuerzo.
Mi resolución era inamovible. Nadie me
convencería de ir a la Normal.
No recuerdo que argumento desplazó
aquella decisión. Únicamente recuerdo mi resolución por estudiar la escuela en
la que estudiaron muchos de mis familiares; de ése modo me demostraría a mí
misma que verdaderamente podía ser la maestra que siempre había querido ser.
Llegar a serlo sin pedir ayuda como siempre, llegar hasta donde pudiera y
sentirme orgullosa de eso.
Al entrar a la escuela, encontré
personas parecidas a mí. Aquellas personas se convirtieron en amigas… jamás
había tenido tantas amigas. Mis círculos nunca habían sido mayores a tres
personas. Ciertamente fue un cambio agradable, ahora mi pequeño mundo se ha
expandido de manera impresionante. Mi mundo creció a veintiséis personas…
Sin embargo, no todo fue alegría y
felicidad, la Normal es exigente. Mis capacidades apenas logran manejar el
compromiso que significa la escuela. Cosa que se vio reflejada en el segundo
semestre, en el cual reprobé dos materias, salvándolas haciendo los exámenes
extraordinarios.
Hoy, curso el cuarto semestre de la
licenciatura en educación primaria. No me arrepiento, estoy teniendo la mejor
época de mi vida.